El artista
Olivier Maynard
Fotógrafo y artista plástico
Olivier Maynard vive y trabaja en Sète, ciudad casi insular sostenida entre el mar y la laguna. Fotografía desde hace más de treinta años y da forma a barcos desde la infancia. Durante mucho tiempo esos dos gestos vivieron separados. Hoy llevan el mismo nombre.

Olivier Maynard en su taller
El trabajo
Dos materias, una misma mirada
Durante tres décadas puso su ojo al servicio del talento de los demás. La publicidad, la industria, la edición, las mesas de los grandes chefs. Un oficio por encargo, donde se aprende a mirar rápido y justo, y donde uno se borra detrás de lo que muestra.
Hace dos años dio el paso que venía aplazando: hacer de la imagen una obra y no ya un servicio. Las fotografías que engrandecían el trabajo ajeno existen ahora por sí mismas.
Junto a ellas, los barcos. Cascos comidos por la sal y el óxido, modelados pieza a pieza, que el Musée de la Mer de Sète reunió este año en una exposición individual. El papel y el metal fingido, dos materias que sostiene una misma mirada: la de alguien que busca lo que el tiempo deposita sobre las cosas.
El taller
La mano, detalle a detalle
Grúas, tapas de bodega, contenedores, jarcia: cada elemento se modela y se patina individualmente, lo más cerca posible de lo real. Las plantillas se dibujan a mano, las piezas se cortan una a una y luego se envejecen.






La trayectoria
Del verde del Cantal al azul de Sète
« En los años 70 el puerto de Sète es muy activo y, sobre todo, de acceso libre. Mis paseos preferidos con mi padre consisten en observar la descarga de las mercancías. Con cinco años ya admiro los cargueros gigantescos procedentes de Panamá, Estambul o Nassau; esas tierras lejanas son sinónimo de aventura. »
Nacido en el verde del Cantal, creció a orillas de un puerto todavía abierto a todos. A los once años subió por primera vez a bordo de un carguero, donde el capitán le ofreció su primer refresco. A veces se embarcaba en los remolcadores de altura y guardó en la memoria las maniobras, los cabos tensos, la vibración de esos monstruos de acero.
Construyó sus primeros barcos con los cartones de embalaje de la farmacia familiar. A los trece años descubrió en el Musée de la Marine de París los navíos que Luis XIV hacía navegar en los estanques de Versalles. Lo que lo impresionó no fue la proeza, sino la pátina: trescientos años depositados sobre la madera. De vuelta en Sète construyó un gran velero cuyas velas cosió su madre con viejas sábanas de lino empapadas en té, y envejeció la cubierta con agua oxigenada. Reproducir el desgaste del tiempo se convirtió en una obsesión que ya no lo abandonaría.
El camino hacia la imagen, en cambio, no tuvo nada de evidente. Empezó estudios de medicina orientados a la farmacología, que el servicio militar interrumpió. Allí preparaba al alba la cartografía meteorológica de los pilotos de la Patrouille de France, y aprovechó su tiempo libre para matricularse en Bellas Artes de Montpellier, en la sección de escultura, junto a François Michaud. Allí aprendió el volumen, la luz, la composición. La arquitectura lo fascina, Oscar Niemeyer sobre todo, como lo fascinan Vasarely y el dibujo de los grandes carroceros de los años 70.
La fotografía llegó por azar. En el desván familiar encontró los sombreros de rafia que llevaba su madre en los años 50, improvisó una sesión con la vieja Foca de su padre, y ya no volvió a soltar la cámara. Un book en blanco y negro, la asistencia junto al fotógrafo Pierre Soissons, la ETPA de Toulouse, el diploma en 1992. Dos años más tarde se instaló en Sète como fotógrafo publicitario.
Siguieron treinta años al servicio de los demás. Sus colaboraciones con grandes chefs, los hermanos Pourcel entre ellos, y su presencia en las cenas estrelladas lo llevaron del Raffles de Singapur al Dusit Thani de Bangkok. Shanghái, Singapur, Bangkok, Tokio: Asia alimentó de forma duradera su ojo, su gusto por los colores saturados y las materias.
Su taller está hoy en Sète, tierra de Paul Valéry y de Georges Brassens, en la que también se inspiraron Pierre Soulages, Hervé Di Rosa, Robert Combas y Noto. Del verde del Cantal pasó al azul intenso de la laguna. Y las imágenes que servían al talento ajeno ocupan por fin su lugar, con su nombre, en las galerías.